Un vigués llamado Verne

El 18 de febrero de 1868, el Nautilus quebró las aguas de las islas Cíes para adentrarse en la ría y rescatar en la ensenada de San Simón la plata de los galeones de Rande. Lo cuenta con detalle Jules Verne en el ya célebre capítulo titulado En la bahía de Vigo. Se trata de uno de los pasajes capitales de ‘20.000 leguas de viaje submarino’.

Noticia en Faro de Vigo.

Una década después de publicar su novela, Verne visitaría la misma ría de Vigo. Y aquel mes de junio de 1868 se comportaría como un vigués más. Hasta el punto de que asistió a dos clásicas citas de la ciudad: la fiesta de la Reconquista y la procesión del Cristo de la Victoria.

Verne visitó Vigo en 1878 y 1884. En ambas ocasiones lo hizo a bordo de su lujoso yate, el Saint Michel III. Y que gracias a las notas de viaje del escritor, que vieron la luz en 2014, podemos documentar en detalle  todo lo que hizo el novelista francés durante sus estancias en la ciudad olívica.

“Ya hablaré con usted de los lugares que visitamos; todo es verdaderamente hermoso. Vigo, Lisboa, muy hermosas, de verdad, y nos acogieron muy bien por todas partes”. Así lo escribió Verne en una carta a su amigo y editor Pierre-Jules Hetzel, datada en la capital portuguesa el 6 de junio de 1878. Hacía solo dos días que había dejado atrás la ciudad gallega y todavía seguían en su cabeza las impresiones de la visita.

El autor de 20.000 leguas de viaje submarino se enamoró de Vigo. No cabe duda ante los documentos inéditos rescatados por el investigador italiano Piero Góndolo della Riva, el mayor especialista mundial en Verne. Estos documentos revelan que Verne pasó cuatro días, del 1 al 4 de junio de 1878, en los que se integró plenamente en la vida local.

Verne asistió a las fiestas de la Reconquista y a la procesión del Cristo de la Victoria

El escritor francés había llegado el sábado 1 de junio de 1878, acompañado en su yate por su hermano Paul, su sobrino Maurice, el diputado Raoul Duval y el hijo de su editor, Jules Hetzel jr. El mal tiempo reinante le obliga a hacer una escala que se prolongará durante cuatro días y en la que disfrutará enormemente de Vigo y de su vida social en la época.

La primera sorpresa es que Vigo está en fiestas. A finales del siglo XIX, la Reconquista se celebra el primer fin de semana de junio, al igual que la procesión del Cristo de la Victoria. Actualmente, se festejan el 28 de marzo y el primer domingo de agosto, respectivamente. El escritor de Nantes anota en su cuaderno de viaje: «Fiesta por la independencia recobrada en 1809 sobre los franceses. Fuegos de artificio. Música. Admisión al Casino. Iglesia reciente, murmullos, no hay sillas». La «iglesia reciente» es sin duda la colegiata de Santa María, en el Casco Vello, cuyas obras habían concluido cuarenta años antes, en 1838.

Jules Verne.

El domingo, 2 de junio, dará a Verne la ocasión de conocer la ensenada de San Simón y, por tanto, el escenario de la Batalla de Rande que él mismo describió en 20.000 leguas de viaje submarino. «Domingo, 2 de junio. Paseo matinal a las 6 horas con Pierre. Barco de vapor. Fondo de la bahía. Galeones. Vista. Un verdadero fiordo. Graneros de maíz. Naranjos. Retorno a bordo». Los hórreos y los naranjales llaman la atención del escritor. Tras almorzar a bordo, Julio Verne visita al gobernador de Vigo y conoce la campiña viguesa: «Ayudante de campo del gobernador. Almuerzo de ceremonia a bordo. Desembarcados 2 horas. Coche. Visita al gobernador. Su mujer, sus oficiales, su villa. Paseo en coche. El valle. El mar».

Por la noche, cenan en la fragata Flore y desembarcan para contemplar la procesión del Cristo de la Victoria. Verne anota todo telegráficamente en su cuaderno: «Con el cónsul. Cargamos carbón. Cena a bordo del Flore. Comedor de oficiales. Siete salvas de cañón por el cónsul. Noche. En la casa del cónsul. Procesión. Mujeres sobre las rodillas durante cuatro horas. De 4 horas a 8 horas. Retorno a bordo. Mujeres con colores vistosos, amarillo, rojo y verde».

El diputado Edouard Raoul Duval se extiende con más detalle en una carta que envía a Francia narrando su estancia en Vigo: «La noche nos reservaba otra sorpresa: la ?procesión de las luces?. Imagínense toda una ciudad, de diez a quince mil personas al menos, llevando cada una un cirio y marchando en dos filas; en medio de la ceremonia religiosa amenizada por unos querubines, el general y sus oficiales, la custodia llevada sobre los hombros de los jueces del tribunal de Comercio, etc. Lo más curioso eran dos fieles que se habían ofrecido con alguna promesa y que andaban de rodillas con un cirio en una mano y un bastón en la otra».

Verne paseaba cada día hasta la fortaleza de O Castro y leía la prensa en el café Suízo

Duval emplea la expresión torche para la procesión. Literalmente, sería la procesión de las antorchas, aunque se entiende que quiere transmitir una expresión similar a «procesión de las luces», en alusión a los cirios que posteriormente sí citará.

El día anterior, Verne y sus acompañantes ya habían disfrutado de la verbena popular en el campo de Granada, frente a donde está hoy la praza do Rei. Así la describe Duval: «Por la noche, en el paseo hay música y fuegos artificiales. Bajamos a tierra con el comandante de La Flore, que desde ese momento no se separó de nosotros de una manera tan generosa que nosotros nos dejamos llevar con mucho gusto. Encontramos de todo en la bahía de Vigo, incluso el esqueleto de una enorme ballena, pescada en alta mar unos días antes, en el lugar de la fiesta, muy bien iluminada con farolillos; hay una multitud tan grande que parece que estamos en una ciudad de 150.000 almas cuando en realidad son 15 o 16.000 (…) Hay dos bandas de música subidas sobre tarimas, fuegos artificiales de los más bellos, cantidad de bombas de todo tipo, tres obras montadas sencillamente cada una de ellas como un drama en varios actos con cambios de decorado a la vista».

La batalla de Rande

El 23 de octubre de 1702 fue un brumoso día en la ría de Vigo. No se veía la orilla opuesta. Sólo a veces, entre el estruendo apagado de cañoneos y refriegas, aparecían las figuras fantasmales de los mayores buques de guerra de Europa: El “Zeven Provinces” holandés; el “Royal Sovereign” inglés; el francés “Le Fort”. Pero, pasado el mediodía, cuando el viento se llevó los últimos jirones de niebla, se desató el mismísimo infierno.

“¡Quemen las naves!”, gritó el almirante Chateau-Renault cuando comprendió que la batalla estaba perdida. Su orden corrió como la pólvora entre la flota y en pocos minutos la ría de Vigo se volvió el propio infierno. Galeones españoles y fragatas francesas ardían entre explosiones, mientras los buques de guerra ingleses, con el “Torbay” en vanguardia, seguían cañoneando e intentando el abordaje. Son las cuatro de la tarde de un brumoso día de otoño: El 23 de octubre de 1702. Y la batalla de Rande, una de las más determinantes de la historia, acaba de alcanzar su punto culminante. Se saldará con más de dos mil muertos del bando defensor y otros ochocientos de la escuadra enemiga. Y, con ellos, la pérdida de la mejor escuadra de guerra del Rey Sol, Luis XIV, y de la flota de Indias española al completo.

grabado rande 1

Nada hacía esperar este desastre en 1699, cuando la Flota de la Plata zarpa de España como cada año, para traer a la metrópoli las riquezas americanas. Pero muere el rey Carlos II y se desata la Guerra de Sucesión española. Y el regreso a Europa, por el acoso naval del enemigo, se hace imposible.

Por fin, en 1702, Francia envía una escolta de 23 navíos, que proteja a los 19 galeones españoles, cargados con “el mayor tesoro que nunca haya cruzado los océanos”, como había publicado “La Gaceta de Madrid”, despertando la codicia de todos los contendientes.

En Azores, un aviso informa a la flota de que la escuadra combinada anglo-holandesa, al mando de Sir George Rooke, está atacando Cádiz. Han de buscar un puerto alternativo y, tras no pocas discusiones, eligen Vigo. El 22 de septiembre entran en la ría los galeones y la flota de guerra.

Durante un mes, se descarga la plata y metales preciosos, que son transportados a Lugo en carros de bueyes. Se intenta montar una defensa.  La provincia de Tui forma milicias, mal equipadas y famélicas. Muchos campesinos huyen a las montañas.

Se restauran los fuertes de Rande y Corbeiro con cañones de los barcos y se cavan trincheras. En el estrecho, se forma una barrera con cadenas, mástiles y vergas.

El 22 de octubre entra por la boca sur de la ría de Vigo la armada enemiga: 160 velas y una fuerza de desembarco de 14.000 hombres. Tras su fracaso en Cádiz, Rooke espera aquí una gran victoria y un formidable tesoro. Sólo conseguirá lo primero.

La armada anglo-holandesa estaba formada por 160 velas y una fuerza de desembarco de 14.000 hombres

De madrugada, marinos ingleses, en chalupas, intentan cortar la cadena, pero son repelidos. Al amanecer del día 23, tras retirarse la bruma, se ve que los aliados han destacado frente a Teis a sus buques de porte medio, más maniobrables, que comienzan a cañonear los fuertes. Además, el Duque de Ormond desembarca con 4.000 infantes, que en poco más de una hora arrasan a los defensores: Las milicias huyen y se toman prisioneros. Y los fuertes disparan ahora contra la propia flota franco-española.

A las dos de la tarde, aprovechando una fuerte ráfaga de viento, el “Torbay”, del capitán Hopsonn, rompe la cadena. Tras él, entran el “Kent”, el “Mountmouth”, el “Grafton”, el “Phoenix”… y comienza un intenso combate, a cañonazos sin posibilidad de maniobrar, en el fondo de la ría.

En vano se envía un brulote en llamas que explota al costado del “Torbay”. Unos luchan cuerpo a cuerpo, mientras la metralla barre las cubiertas. Otros ya sólo piensan en huir, a nado o en chalupas.

Es entonces cuando Chateau-Renault da la orden de quemar las naves. Todos los barcos son apresados, hundidos o incendiados. Durante horas, el mar en llamas es el último testimonio de la batalla de Rande.

El Tesoro y “Vigo Street”

Ingleses y holandeses lograron una gran victoria: Destruyeron una gran flota francesa y dejaron a España sin flota para el tráfico de Indias. Por ello, a su regreso bautizaron como “Vigo Street” una céntrica calle de Londres, que aún hoy da fe de aquella gesta muy cerca de Picadilly Circus.

Pero la que ellos llaman “Battle of Vigo Bay” no les reportó los tesoros que esperaban. La plata y metales preciosos había sido descargada. En vano, intentaron reflotar los galeones o sumergirse a pulmón buscando riquezas. Apenas encontraron mercancías perecederas como grana, tabaco, índigo o maderas nobles.

Después de la batalla, frustrados, los ingleses saquearon a las poblaciones cercanas. En Redondela, llegaron a excavar las tumbas de los cementerios, en busca de tesoros ocultos. Respetaron Vigo, que con sus murallas se aparecía como una villa difícil de asaltar.

Se calculaba que la flota transportaba 20 millones de pesos en metales preciosos. Y los periódicos londinenses alimentaron la ilusión de que venían inmensas riquezas. Pero a la Torre de Londres sólo llegaron 14.000 libras de plata, una miseria en comparación con lo transportado.

La propaganda sirvió de poco. El científico Isaac Newton, entonces contable del reino, hizo balance y concluyó que apenas había llegado gran cosa. Para compensar, emergió la leyenda del “Santo Cristo de Maracaibo”, el galeón que transportaba grandes riquezas, pero que según los ingleses se hundió en torno a las islas Cíes cuando viajaba a Inglaterra.

Pero pervivió la fantasía. Y alumbró decenas de expediciones para rescatar la plata a lo largo de tres siglos. Nadie obtuvo gran éxito, salvo anclas, cañones y algunas monedas. Hoy sabemos que el mayor tesoro de Rande, de la Batalla de la Bahía de Vigo, es su historia.