Héctor Servadac

Hectro ServadacPublicada en 1877 por entregas y como libro. Tenía el subtítulo: Viajes por el mundo solar.

Héctor Servadac es un capitán de Estado Mayor del ejército francés destacado en Argelia.  Es un joven de 30 años sin familia. Procede de la clase media con escasos recursos económicos. No poseía más formación que la propia de la Enseñanza Media. Ingresó en el ejército como forma de progresar y llevado por su afán de aventuras. Dada su misión de levantar un mapa, Servadac no residía con el resto de la guarnición francesa, sino que  vivía con la única compañía de su asistente Ben-Zuf en una especie de cabaña —un gurbí—en la costa a varios kilómetros de la guarnición. Ben-Zuf, pese a su nombre es francés de Montmartre. Tiene una fidelidad inquebrantable hacia el capitán.

La novela comienza en el momento en que Servadac y el conde ruso Basilio Timascheff se retan a un duelo por una dama. Una vez acordados los detalles del duelo, Servadac se retira a su residencia. Esa noche, 31 de diciembre de 18… —como Verne indica las fechas con frecuencia— sucede cierto violento cataclismo que cambia las condiciones del mundo radicalmente.

Sin ser un hombre de ciencia, Héctor Servadac en seguida observa que el sol, aunque oculto tras una gruesa capa de nubes, no está donde le corresponde a la hora que es. Nota que el aire es más tenue, con menos oxígeno. El horizonte está más cerca. Los objetos pesan menos y pueden ser lanzados mucho más lejos. Él y su asistente son capaces de dar grandes saltos. El día se reduce a la mitad del tiempo. El agua hierve a 66ºC. Por otro lado, su entorno geográfico inmediato no parece haber sufrido ningún daño. Sin embargo, pronto descubren que toda Argelia ha desaparecido excepto un trozo de terreno rodeado de mar de unos 285 km de perímetro. En esta isla, el capitán y su asistente son los únicos seres humanos presentes.servadac22

Pronto comienzan tanto la exploración del territorio como las elucubraciones respecto a lo que ha ocurrido.  Durante 13 días terrestres (26 según la nueva duración del día) el cielo permaneció oculto y no se pudieron observar los astros. La temperatura ascendió de forma extraña para esta época del año (enero). Cuando se disiparon las nubes se comprobó que la estrella polar no estaba fija en el norte. El resto de estrellas no están donde les corresponde. Observan un astro que parece la Luna excepto por su posición, por su tamaño y porque aparentemente posee un pequeño satélite. Su primera hipótesis es un cambio en el eje de la tierra que, además, habría provocado un cambio en su movimiento de traslación. Esto explicaría el cambio en la posición de los astros, el cambio de clima y, tal vez, la duración del día; pero no explica la disminución de la gravedad ni de la temperatura de ebullición del agua ni la desaparición del resto de Argelia.

El sol aumenta de tamaño y el planeta se acerca a las órbitas de Venus y de Mercurio.

Mientras le dan vueltas a estos hechos, el 27 de enero, aparece en el horizonte el barco del conde ruso Timascheff con el propio conde y su tripulación que también han sobrevivido al cataclismo. Timascheff, junto con Servadac, formarán la clase alta de este pequeño grupo. Es un caballero con un alto sentido del honor, de palabra, valiente y adorado por sus hombres. En un segundo escalón está el teneinte Procopio que dirige la goleta del conde, inteligente, leal, culto, fuerte y honorable. Los marineros profesan una adhesión inquebrantable al conde y son perfectamente dignos de confianza.

Aprovechan el barco para explorar el mundo. Confirman la desaparición de Argelia. Encuentran que el fondo del mar se encuentra a una profundidad uniforme de cinco o seis brazas —una braza inglesa son dos yardas o seis pies, unos 1,8 m— y compuesto de cierto polvo metálico. Por suerte, cosa harto inverosímil, la brújula sigue funcionando y los navegantes pueden determinar su posición. La primera tierra que encuentran es un islote que perteneció a la costa tunecina y que resulta ser la tumba del rey Luis IX de Francia (San Luis, 1214-1270). Poco después avistan una tierra al sur, que no debería estar allí y que no pueden explorar, pero cuya costa se extiende durante centenares de kilómetros. A la sazón, la temperatura, después de haber subido más que cualquier verano terrestre, comienza a bajar. El globo que se habría acercado al sol tanto como Venus, comenzaba a alejarse.

Navegando siempre al este, al cabo de algunos días llegan a un islote que resulta ser Gibraltar. En el peñón se encuentran a un destacamento inglés formado por trece hombres, incluyendo un brigadier y un mayor. Los ingleses, flemáticos y tranquilos hasta el ridículo, confían ciegamente en la pervivencia del Imperio Británico, continúan viviendo como si nada hubiera ocurrido y se niegan a aceptar que ninguna tierra inglesa —como Malta— hubiera desaparecido. Ni se preocupan de hallar una explicación a los fenómenos ocurridos desde el 31 de diciembre; sencillamente aceptan la situación con espíritu práctico y cumplen las ordenanzas. El brigadier y el mayor ocupan su tiempo jugando al ajedrez.

La llegada a Gibraltar navegando al este les hace comprender que el perímetro del planeta es ahora de apenas 2300 km, lo que da un diámetro de 740 km, dieciséis veces menos que el diámetro terrestre. Esto explica la disminución de la gravedad y el cambio de rotación, también la atmósfera más tenue, con menos oxígeno y la temperatura de ebullición del agua. Así que la nueva hipótesis es que la tierra se fracturó y ellos están en un pequeño fragmento. Ese fragmento debía estar siguiendo una órbita elíptica que hizo que se acercaran mucho al sol y ahora estarían alejándose. El único punto débil es la existencia del continente visto al sur.

Poco después hallan lo que será el primero de una serie de documentos arrojados al mar por alguna persona desconocida, con lo que parecen ser datos astronómicos referidos al planeta bautizado por el desconocido como Galia.

Mientras las temperaturas seguían bajando al alejarse Galia del Sol, los navegantes descubren otro islote que resulta ser la isla Magdalena perteneciente a Cerdeña. Allí rescatan a una niña italiana. Nina, que así se llama, es la pureza de corazón y de sentimientos, la alegría del grupo y cuidarla es una de las razones más poderosas para que el capitán y los rusos traten de sobrevivir en las nuevas condiciones.

A continuación, regresaron a las costas del continente desconocido del sur. Allí descubrieron un volcán -elemento tan recurrente en Julio Verne- que más tarde tendrá gran importancia.

A su regreso a la isla de Servadac, bautizada como isla Gurbí, descubren que han llegado un grupo de españoles, procedentes de Ceuta, transportados en el barco de un comerciante judío alemán. Los españoles son vagos, indolentes, holgazanes, desaprensivos, aficionados a desenfundar la navaja, despreocupados, se pasan el tiempo cantando, bailando y tocando castañuelas. Se les encargan trabajos en la isla, pero continuamente abandonan el trabajo para seguir con la fiesta. El comerciante es avaro,  egoísta, desconfiado, sin escrúpulos, usurero, solo le interesa el beneficio económico y carece de cualquier valor ético. Transportó a los españoles en su barco solo bajo la promesa de una alta gratificación económica que, sin embargo, estos no tenían ninguna intención de pagar. Entre los españoles se cuenta un niño, Pablo, que enseguida congenia con Nina.

El planeta seguía alejándose del sol. El grupo comprende que si aumenta el frío, no lograrán sobrevivir en la isla Gurbí. Deciden trasladarse al volcán tan oportunamente descubierto. El volcán cuenta con varias galerías cercanas a la chimenea donde la temperatura es perfecta y, además, no parecen correr ningún riesgo de erupción.

Nuevas notas encontradas con datos acerca del astro Galia, les indican la presencia de un superviviente en lo que fue la isla de Formentera. Se dirigen allí y, en un pequeño islote, fragmento de lo que fue esa isla, rescatan al sabio profesor Palmirano Roseta, francés. El profesor desvela el misterio. Se encuentran en un cometa que chocó con la Tierra arrancando pequeños fragmentos de la misma, siguiendo, aproximadamente, su trayectoria anterior. Dicho cometa tendría un perihelio -distancia más próxima al sol- similar a la órbita de Venus, es decir, 108 millones de kilómetros; y un afelio -distancia más lejana- de unos 880 millones de kilómetros, -Verne da las distancias en leguas: 27 y 220 millones, respectivamente-. Con esos datos se puede calcular el período del cometa -tiempo empleado en una vuelta completa en torno al sol-. El resultado es de unos seis años, sin embargo, Verne, a través del profesor Roseta, dice que es de dos años. Este valor es el que conviene para la trama de la novela. Cabe suponer que Verne conoce la forma de calcular este período y, deliberadamente, miente. Hay quien ve en este detalle un reconocimiento de la imposibilidad de tal viaje por parte del autor. La supervivencia de la vida a tal choque entre la Tierra y el cometa es totalmente inverosímil. Que el cometa arranque una especie de lengua de tierra y mar que se sitúa sobre la superficie del cometa como si tal cosa, mucho más. Puede que Verne nos haga un guiño para indicarnos que todo es ficción. Hay mucha ciencia, pero es ciencia en la ficción. Por ejemplo, Verne describe los elementos orbitales de varios planetas y de casi todos los cometas conocidos en su época.

En cierta entrevista, Verne declaró que todos los datos científicos e ingenios mecánicos que aparecen en sus novelas están rigurosamente contrastados. Pues bien, el período del cometa no lo está.

La presencia del judío alemán con un barco lleno de mercancías susceptibles de ser vendidas al resto de la colonia, plantea el interesante problema de las pesas y medidas. Cómo determinar distancias y masas. Además, sabido el tamaño del cometa Galia, quieren conocer su masa y su densidad. Para medir distancias, el sabio toma unas cuantas monedas de diámetro conocido y alineándolas, obtiene el metro. Como parece que no tenían ningún otro objeto de longitud conocida a mano, no hay nada que objetar.

Determinan la gravedad del cometa pesando con una balanza romana, propiedad del,judío, una cantidad de monedas que en la Tierra pesarían un kilogramo, obteniendo 133 gramos. De ahí deducen que la gravedad es la séptima parte de la gravedad terrestre. En rigor no sería siete veces menos sino 7,5 veces. El método es correcto pero exige disponer de una balanza romana y de un cuerpo de masa conocida en la Tierra. Tal vez sería más adecuado utilizar un péndulo midiendo la longitud y el período del mismo. Lo que no es aceptable es el método utilizado para obtener la masa y la densidad del cometa. Parte de una suposición incoherente. Supone que todo el cometa tiene una  composición y densidad uniforme e igual a la de un pequeño fragmento de un decímetro cúbico extraído de una roca local. La existencia de un mar, de tierra, pero sobre todo, la de un volcán y, por tanto, un interior del cometa fluido como el manto de la Tierra y con su correspondiente salto de densidad, va en contra de esa hipótesis. Además, conocida la gravedad del cometa, se obtiene inmediatamente la masa del mismo aplicando la ley de Gravitación de Newton, obviamente conocida por Verne, sin más datos que esa gravedad, el radio del cometa y la constante de gravitación universal. Con esos datos se obtiene una masa de 300 o 320 trillones de kilogramos, algo diferente de la obtenida por Roseta de 211 trillones de kilogramos. Por cierto, la presencia de un volcán en el cometa también es francamente inverosímil, pero imprescindible para la trama. Julio Verne se toma todas las licencias científicas que desea para continuar sus novelas. Adapta la ciencia a la ficción.